Estaba en mi sala, tomándome poco a poco el mejor café que he tomado en mi vida cuando del cielo (o de la araña en el cielo raso) cayó poco a poco -y más bien tirándose un clavado en cámara lenta hacia mi taza- una polilla.
Una puta polilla.
Y para colmo, aun me quedaban dos tercios de mi taza de café. Y la puta polilla cayó de espaldas, justo en medio de la taza y de espaldas. Un clavado de espaldas en medio de la taza y yo no lo pude evitar. Antes de que cayera intenté darle con el borrador de mi portaminas, porque caía en cámara lenta y en círculos concéntricos cada vez más pequeños, y yo la ahuyentaba con el extremo de mi borrador. Hasta que cayó. Y cayó de espaldas, y empezó a aletear la maldita en mi mejor café que nunca más probaré, empezó a aletear y a perder esos trocitos multicolores de que están hechas sus alas. Malditas polillas, para qué sirven, ni siquiera son bonitas como las mariposas, ni siquiera. Es más, sus hijas se comen la ropa, los libros y ésta, se tomó mi café.
Ah y si no me creen que era el café más rico que había probado en mi puta vida, digo, en mi vida, pues ahí va como llegó a mí el café.
Mi bisabuela tenía tierras en Monsón, un lugar así todo selvático que ahora en vez de café debe producir plantas con adicciones menos decentemente vistas. En fin, mis bisabuelos eran dueños de un montón de tierras por ahí en los años 20 o 30 o sea, antes de que los terrucos decidieran plantarse allí. La cosa es que la familia, a pesar de que se desperdigó por todo el Perú a medida que pasaban los años, mantuvo también alguna que otra comunicación con amigos que vivían ahí. Hace unos meses, o quizá el año pasado, mi tía Elvira, de esas tías que uno está seguro que le dice tía para no desentrincar la maraña de años de parentesco que nos une, y que seguramente terminará con el absurdo de tener que decirle sobrina a una señora que ya va llegando a los sesenta; como decía, mi tía Elvira, un día que vino, le regaló a mi mamá una bolsa con café de Monsón, era grano, un regalo, de las tierras de hace tiempo, de las que dan. Mi mamá le agradeció, cogió la bolsa negra y la guardó en el fondo de una repisa alta de la alacena de la cocina.
Hoy día, en la tarde, a eso de las cinco y media, me doy cuenta de lo oscurecido que estaba el día, ahí, sentado en un sofá de mi sala y leyendo un libro de Garcilaso que ya vi que no voy a acabar para mañana. Y me digo, aquí falta algo. Necesito un café. Mi mamá pasaba hacia su cuarto y le digo, tenemos café? Me dice sí, claro, tenemos algo de café molido. Ya chévere, me haré una taza o algo. Me voy a la cocina, mi mamá me sigue.
Busco la cafetera y me pongo a preparar. La taza en la maquinota, el fino polvo en la cesta, a ver que pase. En eso mi mamá se acuerda de la bolsita negra esa. La busca en la alacena, la saca y me enseña los granos que yo en la vida había visto. Y me pregunta, sabes tostar café? Yo la miro con una cara de me estás hablando de recetas mágicas a mí? Siempre me ha parecido que todo lo que tenga que ver con recetas de cocina tiene algo así de juegos de alquimia que lo hace parecer misterioso. Frente a mí, coge la olla en que hacemos canchita, y pone un puñado de ese grano de café ahí. Lo tuesta poco a poco, hasta que empiezan a crepitar un poco los granos, y a volverse cada vez más oscuros.
Yo la veía, mover los granos con el cucharón y cuidarlo y vigilar el fuego. Llegado un momento le puso dos pedazos de cáscara de naranja encima y siguió moviendo. Mientras tanto, mi café terminaba de pasarse y me servía una taza de un café marrón oscuro que me fui a tomar a la sala, dejando que mi mamá siguiera con su receta mágica. Cogí mi libro y demoré en saborear la taza de café que no me supo tan mal. Cuando volví a la cocina a dejar mi taza vacía, la encontré con una segunda carga de granos oscuros en la olla. La primera carga ya la había vaciado y ahora la empezó a licuar, sí, en la licuadora. Cuando salió, no salió muy fino, como aquel polvillo que yo usé para mi café.
Me dijo ahora pon estos en la cafetera.
Empecé a pasar el café con esos granos licuados y lo vi gotear poco a poco. Me serví una taza.
Este tiene que ser el café más rico que he tomado en mi vida!
Era marrón, pero con un toque rojizo, no mucho, pero sí lo suficiente para darle vida. Era amargo, a pesar del mucho azúcar que le puse, porque no me gusta el café solo. Ese aroma incluso el aroma era distinto, me empezaba a resultar imposible llamar café a todas aquellas esencias que había bebido antes.
Dejé de quemarme la lengua con este café, porque estaba demasiado caliente y yo nunca puedo tomar nada que queme. Lo llevé con cuidado a la sala para que repose un rato, lo puse en la mesita del centro y me tumbé al sillón a leer.
Leí unas líneas y tomé un sorbo. Delicioso.
Leí otras más y otro sorbo, ya casi está tibio.
Leí un poco más y lo miro, una polilla se está desprendiendo del techo.
Y me malogró el café.
Ojalá haya sufrido al ahogarse.
viernes, diciembre 01, 2006
jueves, noviembre 30, 2006
Y veo vacas moradas
Veo una novela coreana a la una y media de la mañana todos los días en que no tengo que despertar temprano al día siguiente. Ella es hermosa y lo quiere pero está enferma. Él es un idiota pero la quiere y no sabe. Ella llora. El otro se va. La tercera arista del triángulo la abraza y le dice que estará con ella siempre y que no llore. Recoge el gorro que cayó de su cabeza mientras se escucha en el fondo esa patética canción y ella llora y ella grita que vuelva. La tercera arista del triángulo, que me cae mejor que el primero, se queda mirándola llorar.
No puedo identificarme con una novela llorona en este instante, por eso viene parte del placer de verla, porque me da ganas de reírme de la desventura de unos coreanos de marfil que actúan mejor que los mejicanos y venezolanos en sus novelas, incluso estando doblados.
No es cierto que necesite estar triste para escribir.
Lo digo porque estoy más feliz que nunca,
y no puedo dejar de hacerlo.
Me sorprendo a menudo sonriendo por detalles que me hacen recordar
su rostro sonriéndome.
Y sin embargo,
todo empieza a ensombrecerse.
Sueño sueños agitados
y despierto sintiendo que no siento nada.
Ella habla de él en frente de la tercera arista del triángulo. Lo lamenta. La tercera arista del triángulo no está triste, intenta hacerla reír y logra hacerle olvidar que ella ya no puede ver y por eso ha dejado al primero. Ella ríe a carcajadas, pero luego llora. La tercera arista del triángulo la abraza y grita yo estoy contigo.
El primero llora.
Nadie lo quiere, ni siquiera el público. Pero ese efecto fue hecho a propósito. Uno espera que ella se quede con la tercera arista de este triángulo.
Ella ya no ve. Sus ojos sólo sirven ahora para llorar.
Y como siempre, yo de madrugada y solo, veo vacas moradas gravitando a mi alrededor.
Y un dolor de cabeza terrible y ganas de vencer el insomnio.
No puedo identificarme con una novela llorona en este instante, por eso viene parte del placer de verla, porque me da ganas de reírme de la desventura de unos coreanos de marfil que actúan mejor que los mejicanos y venezolanos en sus novelas, incluso estando doblados.
No es cierto que necesite estar triste para escribir.
Lo digo porque estoy más feliz que nunca,
y no puedo dejar de hacerlo.
Me sorprendo a menudo sonriendo por detalles que me hacen recordar
su rostro sonriéndome.
Y sin embargo,
todo empieza a ensombrecerse.
Sueño sueños agitados
y despierto sintiendo que no siento nada.
Ella habla de él en frente de la tercera arista del triángulo. Lo lamenta. La tercera arista del triángulo no está triste, intenta hacerla reír y logra hacerle olvidar que ella ya no puede ver y por eso ha dejado al primero. Ella ríe a carcajadas, pero luego llora. La tercera arista del triángulo la abraza y grita yo estoy contigo.
El primero llora.
Nadie lo quiere, ni siquiera el público. Pero ese efecto fue hecho a propósito. Uno espera que ella se quede con la tercera arista de este triángulo.
Ella ya no ve. Sus ojos sólo sirven ahora para llorar.
Y como siempre, yo de madrugada y solo, veo vacas moradas gravitando a mi alrededor.
Y un dolor de cabeza terrible y ganas de vencer el insomnio.
miércoles, noviembre 29, 2006
Primer Post!
Como tenía bastante que hacer esta noche y pocas ganas de empezar, decidí hacer otra cosa, y qué mejor que empezar un blog que nadie va a leer. Porque nadie lee los blogs. A lo mejor uno entra y pone un comment y luego dice qué va, volveré a pasar por allí algún día. O no.
Pero el blog me importa poco. Y todo me importa un poquito menos, pero equitativamente.
Hoy estaba pensando en cómo un niño ve el mundo. Cómo? Miraba por la ventanita sucia del microbus que me llevaba a ver si veía a alguno de esos raros ejemplares de adultos en miniatura que son los niños, siempre llevado del brazo por algún grande o corriendo sin preocuparse de a dónde, pero corriendo, porque detenerse o caminar es perder un precioso tiempo y uno no es niño toda la vida, no?
Digo que miraba, pero más que nada sólo veía a muchos niños de la calle, y se me ocurrió bajarme y preguntarles. Hola niño, ven aquí, ven, no te asustes, quiero hacerte unas preguntas, si quieres te compro unos caramelos, te compro toda la bolsa si?, sólo quiero hacerte unas preguntas, dime, niño, cómo ves el mundo? Que quién soy yo? Pues yo soy un escritor, y quiero escribir la historia de un niño como tú. Que cómo me llamo? Soy el Destripador Manso. No te vayas, niño, no te vayas, espera, deja que te cuente mi historia y tú me dices la tuya, si? Si quieres te compro tu bolsa de caramelos, te compro dos, los chocolates también, niño, vuelve.
Nada.
Es difícil encontrar niños para preguntarles. Señora, le importa que entreviste a su hijo? Camina más rápido hijito, no, no señor, camina, te digo.
En qué momento terminamos de perder al niño que llevamos dentro? me senté en la grada de una esquina, acordándome de todos aquellos momentos que pasé siendo niño. Echado en mi cama y leyendo. Jugando y solo. Rompiendo figuritas en los álbumes, pegándolas indistintamente del número. Jugando y solo. Leía los cuentos de hadas de los hermanos Grimm, pero eran adaptaciones, luego cuando fui un niño más grande leí los verdaderos y acababan distinto. Eran más sangrientos. Nada, no recordaba haber conocido otros niños. Quizá en el colegio, ahí habían bastantes niños que no me hablaban, sólo jugaban entre ellos y yo los veía jugar. A veces me lanzaba a las canchas a dar patadas a alguna pelota hasta que algún niño grande me la quitaba y me decía tú no juegas. Pero yo volvía, pateaba otra pelota, hasta que otro niño grande viniera. Nunca entendí esos juegos.
Tenía una piedra en la mano. Recordé antiguos rituales mágicos y busqué la piedra rojiza. Le saqué filo contra el borde de la vereda y luego empecé a dibujar. Si lo dibujo, quizá vendrán. Dibujé un Mundo. O lo que recordaba que era un mundo. Con números grandes y casilleros cuadrados, menos el cien, que era cabezón y redondo. Me volví a sentar en la vereda y esperé a que lleguen los niños, para verlos jugar.
Pero nadie venía.
Pasaron mamás con sus niños pequeños, se me quedaban mirando pero pasaban de largo, como si fuera yo el bicho raro en exhibición y no aquellos ejemplares de adultos en miniatura que no entendía.
Quería pensar como piensa un niño. Sólo quería volver a jugar como juega un niño. Quería recuperar el momento en que pensaba como piensa un niño. Es lo que todos queremos? Volver a ser niños?
Comencé a jugar Mundo solo.
Pero el blog me importa poco. Y todo me importa un poquito menos, pero equitativamente.
Hoy estaba pensando en cómo un niño ve el mundo. Cómo? Miraba por la ventanita sucia del microbus que me llevaba a ver si veía a alguno de esos raros ejemplares de adultos en miniatura que son los niños, siempre llevado del brazo por algún grande o corriendo sin preocuparse de a dónde, pero corriendo, porque detenerse o caminar es perder un precioso tiempo y uno no es niño toda la vida, no?
Digo que miraba, pero más que nada sólo veía a muchos niños de la calle, y se me ocurrió bajarme y preguntarles. Hola niño, ven aquí, ven, no te asustes, quiero hacerte unas preguntas, si quieres te compro unos caramelos, te compro toda la bolsa si?, sólo quiero hacerte unas preguntas, dime, niño, cómo ves el mundo? Que quién soy yo? Pues yo soy un escritor, y quiero escribir la historia de un niño como tú. Que cómo me llamo? Soy el Destripador Manso. No te vayas, niño, no te vayas, espera, deja que te cuente mi historia y tú me dices la tuya, si? Si quieres te compro tu bolsa de caramelos, te compro dos, los chocolates también, niño, vuelve.
Nada.
Es difícil encontrar niños para preguntarles. Señora, le importa que entreviste a su hijo? Camina más rápido hijito, no, no señor, camina, te digo.
En qué momento terminamos de perder al niño que llevamos dentro? me senté en la grada de una esquina, acordándome de todos aquellos momentos que pasé siendo niño. Echado en mi cama y leyendo. Jugando y solo. Rompiendo figuritas en los álbumes, pegándolas indistintamente del número. Jugando y solo. Leía los cuentos de hadas de los hermanos Grimm, pero eran adaptaciones, luego cuando fui un niño más grande leí los verdaderos y acababan distinto. Eran más sangrientos. Nada, no recordaba haber conocido otros niños. Quizá en el colegio, ahí habían bastantes niños que no me hablaban, sólo jugaban entre ellos y yo los veía jugar. A veces me lanzaba a las canchas a dar patadas a alguna pelota hasta que algún niño grande me la quitaba y me decía tú no juegas. Pero yo volvía, pateaba otra pelota, hasta que otro niño grande viniera. Nunca entendí esos juegos.
Tenía una piedra en la mano. Recordé antiguos rituales mágicos y busqué la piedra rojiza. Le saqué filo contra el borde de la vereda y luego empecé a dibujar. Si lo dibujo, quizá vendrán. Dibujé un Mundo. O lo que recordaba que era un mundo. Con números grandes y casilleros cuadrados, menos el cien, que era cabezón y redondo. Me volví a sentar en la vereda y esperé a que lleguen los niños, para verlos jugar.
Pero nadie venía.
Pasaron mamás con sus niños pequeños, se me quedaban mirando pero pasaban de largo, como si fuera yo el bicho raro en exhibición y no aquellos ejemplares de adultos en miniatura que no entendía.
Quería pensar como piensa un niño. Sólo quería volver a jugar como juega un niño. Quería recuperar el momento en que pensaba como piensa un niño. Es lo que todos queremos? Volver a ser niños?
Comencé a jugar Mundo solo.
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